Estoy segura de que lo que voy a contar te ha pasado alguna vez. Vas de camino a casa después del supermercado y, de pronto, caes en la cuenta: olvidaste comprar leche. Automáticamente aparece el pensamiento o incluso lo dices en voz alta: “Dios mío, soy un desastre, siempre se me tiene que olvidar algo”.
Este tipo de frases, que forman parte de nuestro diálogo interno, son mensajes que se activan casi de manera automática y que, muchas veces, pasan desapercibidos. Sin embargo, aunque no lo creamos, tienen un impacto profundo en nuestra autoestima y en la forma en la que nos percibimos.
El diálogo interno y la construcción de nuestra identidad
Cuando nos repetimos una y otra vez que somos despistados, torpes o incapaces, no sólo estamos describiendo una situación puntual: estamos construyendo una narrativa sobre quiénes somos. Con el tiempo, esa narrativa puede convertirse en una creencia. Y cuando creemos algo sobre nosotros mismos, empezamos a mirar el mundo a través de ese filtro.
Si me considero una persona despistada, tenderé a prestar atención únicamente a aquellas situaciones que refuercen esa idea, ignorando o minimizando todas las veces que actúo de manera organizada o eficiente. Así, la creencia se fortalece, aunque no sea del todo justa ni realista.
¿Eres un desastre o has tenido un simple error?
Olvidar comprar leche no define quién eres. Puede significar muchas otras cosas: que estabas cansado, que tuviste un día difícil, que estabas pensando en mil cosas a la vez o, sencillamente, que cometiste un error.
La clave está en cuestionar esas etiquetas automáticas y buscar interpretaciones más amables y ajustadas a la realidad. No se trata de engañarnos ni de negar lo que ocurre, sino de ampliar la mirada.
Un buen ejercicio es preguntarnos: ¿le diría esto mismo a alguien que quiero?
Si un amigo olvida comprar leche, ¿le dirías que es un desastre y que todo le sale mal? Probablemente no. Lo más habitual sería restarle importancia, comprenderlo y seguir adelante.
Pequeños cambios, grandes efectos
Cambiar la forma en la que nos hablamos no es inmediato, pero sí posible. Empieza por prestar atención a esas frases automáticas y, poco a poco, sustitúyelas por alternativas más amables y realistas. Con el tiempo, notarás cambios en cómo te percibes, cómo te sientes y cómo afrontas las situaciones cotidianas.
Porque no, no eres un desastre por olvidar la leche. Eres una persona haciendo lo mejor que puede, y eso ya es suficiente.



